"Relata mitos e historias con el objetivo de pensar nuestras pasiones, el deseo, el odio, la envidia, la piedad"
Florencia Abadi es filosofa y escritora. Acaba de publicar El sacrificio de Narciso.
-¿Cómo surgió la idea del libro?
-Surgió a partir de un insight que estuvo muy ligado a mi terapia psicoanalítica, y que me cambió la manera de ver algunas cosas. Digamos que advertí la terrible dimensión del sacrificio que hacemos para ser amados, para sostener ciertos ideales…y recordé y releí el mito de Narciso, su muerte frente al espejo de agua, y me pareció entender qué era lo que enseñaba el mito sobre nuestro psiquismo. Narciso da su vida porque se fascina con una imagen, lo cual está muy lejos del amor propio. Y empecé a pelearme con cierta interpretación tradicional del mito y del narcisismo.
-¿A qué lector está dirigido?
-A cualquiera que tenga la fuerza para desgarrar algunos velos y soportar ideas incómodas. El libro relata mitos e historias con el objetivo de pensar nuestras pasiones, el deseo, el odio, la envidia, la piedad. No hay tecnicismos, nada que exija conocer ningún sistema filosófico, es un libro que puede comprender todo el mundo.
-¿Por qué te parece que Narciso integra el lenguaje popular?
-La escena de un joven extremadamente bello que se enamora de su reflejo y muere para abrazarlo es muy potente y penetra muy profundamente en el inconsciente colectivo. La belleza, la imagen, la fascinación, el reflejo, el agua, la muerte: es un combo explosivo. Y vale la pena recordar que la mitología es por definición cultura popular, y supone siglos de versiones y reversiones que se meten en todos los registros y especialmente en los más populares, como películas, historietas, etc.
-Vos proponés una interpretación diferente de Narciso, ¿qué implica?
-Sí, propongo que Narciso no se ama a sí mismo, sino que más bien se enamora de su imagen y entrega su vida y su cuerpo en esa fascinación, en las versiones más difundidas porque se arroja a la fuente de agua en que se mira. En la versión de Ovidio, que es la más leída, muere al costado de la fuente carente de fuerzas, sin alimentarse ni descansar por el apego enfermizo que tiene a esa imagen que al principio no comprende como propia. Yo creo que ese espejo es de algún modo el espejo de las pupilas de la madre, Liríope, que idealiza al hijo y se fusiona con él en esas aguas que simbolizan el líquido amniótico. Así leído, el narcisismo se vincula a la necesidad de sostener una imagen en la que creemos ser amados por el otro, en postergarse a uno mismo para cumplir con los ideales de ese otro primordial. El cuerpo se convierte en una variable de ajuste–el descanso, el placer, la alimentación-que sacrificamos para sostener esa imagen que es supuesta condición del amor.
-¿Qué lugar ocupa el deseo?
-El deseo es el terror del narcisismo, el deseo es carencia, herida, vulnerabilidad. Se nos impone como la flecha de Cupido, nos quita libertad, estamos poseídos por nuestro deseo, no elegimos qué deseamos. El narcisismo justamente anhela la perfección, la autosuficiencia, tiene una idea de dignidad que se ve amenazada por el deseo. Como dice el enamorado de la canción popular, “estoy perdiendo imagen a tu lado”, el narcisismo se ve humillado por el deseo.
-¿Cómo es la lucha entre Narciso y le deseo?
-Bueno, en el mito esa lucha es muy patente, porque Narciso desafía las reglas del dios del erotismo, Eros para la griegos, Cupido para los romanos. Cuando Narciso rechaza las propuestas eróticas de ninfas y cazadores está desafiando al dios, cometiendo el pecado de hybris dicen los griegos, de soberbia. Narciso no quiere ser poseído por esas flechas, pretende que puede vivir más allá de ellas, y entonces Eros se venga y de ahí la muerte frente a la fuente de agua. En la versión de Ovidio es Némesis, la diosa de la venganza, quien se venga de Narciso por pedido de uno de los despechados, es decir que esta versión generó cierto ocultamiento de la enemistad entre Narciso y Eros, entre el narcisismo y el deseo. A mi juicio ese ocultamiento tuvo mucho efectos y ha confundido las cosas, como si Narciso fuese muy deseante y no un virgen enemigo del dios.
-¿Y la envidia?
-La envidia cumple un papel clave en relación con el deseo. La infelicidad envidiosa está en el origen del deseo. La envidia es una idealización, sostiene un velo, una ilusión: la de que podemos ser plenamente felices. Y lo sostiene pensando que hay otro que es plenamente feliz y entristeciéndose por eso, queriendo destruir esa felicidad que solo existe en su imaginación. Si el deseo se enterase de que es por definición imposible de satisfacer, quizás no podría seguir invistiendo con tanto ímpetu. Así que la envidia es un velo que protege al deseo. Es una pasión triste y conflictiva, pero cumple alguna función.
-¿Qué se puede hacer con el autodesprecio?
-Reconocerlo. El libro propone que el narcisista no solo no se ama, sino que se autodesprecia, que detrás del aplauso que aparentemente busca cuando cumple un ideal, se esconde otra cosa, un alivio por haber podido tapar, una vez más, la imagen degradada que tiene de sí. Necesita sacarse 10 en cada examen, por poner un ejemplo, para tapar esa imagen degradada. Detrás del narcisista hay un falso self.
-¿Se puede no ser narcisista y sin embargo tener actitudes narcisistas?
-Creo que todos somos más o menos narcisistas, en el sentido de que todos sostenemos cierta imagen para ser amados y estamos en relación mortífera con ideales que no nos permiten interrogarnos por nuestro deseo. Pero, sin duda, algunas personas son mucho más narcisistas que otras. En mi lectura el narcisismo se opone al egoísmo. Las personas egoístas se priorizan, enojan al otro, pueden ser menos dependientes de ese amor del otro y de esa imagen que sería condición de ese amor. Tienen menos dificultad en frustrar al otro. Así que creo que hay grados, y también estructuras que pueden variar.
-¿Qué te gustaría que el lector encuentre?
-Me gustaría que se sienta movilizado, interpelado, conmovido, que encuentre maneras nuevas de pensarse.
-¿Qué te da a vos la posibilidad de escribir?
-Creo que escribir es un acto con mayúscula, en el sentido de que tendemos a retroceder ante él, a acobardarnos un poco, y que exige un salto de fe, ya sea frente al papel o la computadora. Además de que por momentos lo disfruto –no siempre y no sin conflicto-, y de que es inseparable de las ideas que van llegando mientras escribo, para mí tiene un sentido en relación con trascender un cierto límite, cobardía o inercia.
