"El humor, incluso el tipo absurdo, es lo que le da sentido a las cosas"
El escritor argentino Ariel Magnus, que reside en Berlín, acaba de publicar su nueva novela.
"Hace unos veinte años escribí una nota sobre una gran feria de pornografía que se hace en Berlín e investigando sobre el tema caí en la noticia de que la primera porno de la que aún quedaba registro había sido filmada en Argentina. Tema para novela, me dije, pero tuvo que pasar todo este tiempo para que me sentara a escribirla. La clave fue unir esta especie de mito urbano (curiosamente no inventado por argentinos) con la historia de mi familia, porque mi bisabuelo llegó a Argentina por la época en que también el bailarín Nijinsky presentó en el Colón la pieza de ballet que parece haber servido de inspiración para la porno en cuestión", dice a desde Berlín, donde reside, el escritor argentino Ariel Magnus.
—¿Los hechos históricos los elegiste por algo en particular?
—Los hechos históricos son los que apoyan la tesis de la filmación en Argentina. Después le agregué hechos familiares, que también son reales, y otros que me interesaba rescatar, como la visita a nuestro país de la suegra del escritor alemán Thomas Mann. A eso le sumé lo que podríamos llamar hechos históricos literarios, es decir personajes de otros libros, principalmente Ritmeester, de la novela porno TheCocka Hola Company del noruego Mathias Faldbacken. Este especialista en pornografía me acompaña en la aventura de buscar esa primera porno en la casa que fue de mis bisabuelos, que efectivamente sigue en pie en el barrio de Belgrano R.
—¿Es verdad que tu bisabuelo filmó de verdad películas pornográficas?
—¿Sin duda que no! De todos modos, es imposible saber quién filmó esas películas, en las que por obvias razones nadie ponía su nombre, menos que menos el nombre real. Precisamente esa es la indefinición que la novela juega a resolver con las armas de la ficción, en la que mi bisabuelo sí termina involucrado en la producción de esa porno. Que al final del libro no se sepa qué es verdad y qué no significa que el libro logró uno de sus objetivos.
-¿Cómo fue escribir personajes que son familiares tuyos al mismo tiempo?
—Muy divertido. Imaginar a mis bisabuelos, que no conocí, de jóvenes, me acercó a ellos de un modo que no podría haberlo logrado ni si hubiera habido celulares en aquella época y hoy tuviera filmaciones de su cotidianeidad. De todos modos, solo me basé en dos o tres anécdotas familiares para construir personajes que nada tienen que ver con quienes fueron ellos en realidad. Poner a mi miembros de mi familia y a mí mismo como personaje sirve fundamentalmente para anclar el relato a una realidad esquiva y agregar elementos que resuelvan de una vez por todas el misterio de arranque: cuándo, cómo, quién y por qué se filmó esa porno.
—¿Qué importancia tiene para vos el humor a la hora de escribir?
—Si me prohibieran utilizar el tono humorístico, no podría o no me interesaría escribir la mayor parte de las cosas que escribo. Aun si no lo uso, saber que está ahí para cuando lo necesite me da paz. El humor, incluso el de tipo absurdo, es lo que para mí les da sentido a las cosas, lo que agiliza las relaciones y lo que permite nombrarlo todo. Y como el humor implica imaginación (difícil ser gracioso sin ser creativo), se convierte en un generador necesario de literatura.
—¿Tenías miedo o preocupación que escribir una novela donde la pornografía esta presente fuera un problema hoy?
—La verdad es que sí. El miedo era cómo tratar este tema sin evitar su parte oscura, pero a la vez sin censurarme. Ni quería dejar de tematizar lo misógino y violento del género, ni que tampoco eso me impidiera rescatar su parte festiva. El personaje de Ritmeester tiene una vuelta de tuerca con la que intenté resolver algunos de estos conflictos simbólicos.
—¿Cuál es el personaje con que mas te identificas?
—La novela tiene un narrador que se llama como yo y que tiene algunos rasgos que están tomados de mi biografía, así que no me queda más que decir que con él. Pero lo que me identifica no es tanto lo que tenemos en común (la primera porno que vio él es realmente la primera que vi yo, "2002 Odisea del sexo"), sino la relación que tiene con Ritmeester. Esto de tratar a un personaje de ficción como si fuera realidad es lo que a su vez más habla de cómo yo me tomo las ficciones que leo.
—¿Cuándo supiste que querías ser escritor?
—Escribo desde antes de saber lo que es un escritor. Solo de más grande entendí que los que escriben son escritores y mi primera reacción fue de desinterés. Así que me pasé diez años escribiendo libros que iban a parar al cajón, por el solo placer de acumular palabras sobre el papel. Hasta que un día, llegando a los 30 años, no pude terminar un libro y decidí que quizá se había agotado eso de escribir para mí mismo y era hora de salir del closet.
—¿Qué te gustaría que el lector encuentre en esta novela?
—Me gustaría que se asombre y se divierta, que se entere de cosas reales en el contexto de un juego ficcional y que reflexione conmigo sobre un género bastardo que, queramos o no, es parte de nuestra vida. Y me gustaría que termine el libro con la sensación de que el mundo real y el de la ficción se necesitan y explican mutuamente, que somos lo que inventamos e inventamos lo que somos.
—¿Cómo es tu vida en Berlín y cuál es tu mirada de Argentina a la distancia?
—Mi vida en Berlín es la de un escritor, para lo que hay acá muchas becas y facilidades. Nadie te asegura que la bonanza dure para siempre, así que hay que disfrutarla mientras se dé. De Argentina no me siento nada distante, en cualquier momento me podría tomar un avión y seguir escribiendo allá. Berlín y Buenos Aires son para mí como dos barrios de una misma ciudad. En cuanto a la situación económica, es curioso, porque también vivía en Berlín durante la crisis de 2001, así que estoy entrenado en leer malas noticias desde lejos, y que la gente acá me pregunte sobre el tema. Siempre la misma estupefacción ante un país que no logra salir del pozo por más de que tiene todas las posibilidades para hacerlo.
